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Con Franco y con esta puta democracia de mierda. ¿Te enteras de las diferencias, chaval?. Menos mal

Como apreciarán en la imagen, con un bendito régimen autoritario como el del Bendito Generalísimo, la gente de bien, como nosotros, la que trabaja, la que cotiza y tributa, estábamos mejor. Pero él no volverá, si bien el cesarismo providencial se impondrá en tanto la llamada es clamorosa ya.

Hemos pasado dentro de la dictadura del pensamiento único, de lo políticamente (y asquerosamente) correcto a la barbarie woke.

Ahora vivimos en la puta cultura woke, importada de nuestro enemigo, los EEUU (hijo del anglosionismo). Es decir, que si somos occidentales, blancos, cristianos y heterosexuales hemos de darnos por jodidos ante un ejército de perturbados, trastornados o tarados, como prefieran. Sólo por ser éso somos criminales, cuando en realidad, los criminales son ellos. La mierda de lo woke está de moda. Por éso, si no se comparte te llaman facha, fascista o nazi, mientras quien lo hace es escoria humana que justifica las violaciones de europeas por inmigrantes (porque es su cultura) al arrastrar un psicótico complejo freudiano de culpabilidad por el pasado de nuestra civilización occidental, mucho más evolucionada que la de gran parte de este puto mundo, hasta el punto de que las artes y las ciencias han sido y siguen siendo cosa del mundo occidental.

Esos criminales wokes son los que:

  • Ponen el grito en el cielo cuando muere un negro y callan cuando muere un blanco. De hecho, sólo tienen que oir a esos terroristas de Black Lives Matter para darse cuenta de ello.
  • Ponen el grito en el cielo cuando una española es violada por un español pero no si es violada por ocho MENAS.

En definitiva, son la personificación cultural imperante (progrejeta y subvencionada) de lo que nuestro admirado Alexander Dugin (y también su asesinada hija, que no caída en combate, Daria Duguina) denominan cultura de la cancelación como pilar fundamental de la destrucción (deconstrucción) de Occidente.

Por cierto, si confrontan el  decálogo de Pasión por España (elaborado allá por el 2015) y el decálogo de la difunta Daria Dugina, como leal y recto discípulo intelectual de su padre, verán que en esencia son muy semejantes, salvando las diferencias nacionales, lo que nos enorgullece.

De hecho, España y Rusia tienen mucho en común: geográficamente están en los extremos, tuvimos un imperio (Rusia recontruyéndolo) y hemos ambos hay sido objeto de la leyenda negra. Todo ello son motivos para hacer de Rusia nuestro aliado frente al anglosionismo globalista.

No vamos a perder más el tiempo con estos tarados que pretenden normalizar lo anormal y anormalizar lo normal porque a las personas normales, como nosotros, no nos van a poder hacer comulgar con piedras de molino, aunque sean subvencionadas. Y si desaparecen los «wokeros», nos va a pasar lo que con la bolsa de basura, que una vez sacada, uno descansa.

Vamos al cuento que es verdaderamente toda una metáfora que entendrán (los wokes no porque el mal y el odio se ha adueñado de su puto cerebro).

Erase una vez un reino de magia y fantasía en el que, con sus más y con sus menos, convivían cuatro tipos de duendes: Los Buenos, los Inteligentes, los Gilipollas y los Hijoputas. Un día los Hijoputas descubrieron que, por algún misterio mágico, los Gilipollas siempre son mayoría.

Dedicaron entonces todos sus esfuerzos a convencerlos de las grandes ventajas que les supondría someter a los Buenos y a los Inteligentes.

Los Hijoputas sabían que con los Buenos y los Inteligentes fuera de juego podrían gobernar el reino y convertirse en los únicos dueños de sus riquezas. Siempre habría una banda de Gilipollas que los apoyaría y se creería sus mentiras. Les dijeron a los Gilipollas que eran iguales que los Inteligentes, que ser vago da igual que ser trabajador, que ser tonto da igual que ser listo y que ser bueno da igual que ser malo. Hasta inventaron un Ministerio que se llamó Ministerio de Igual Da. Había nacido la Democracia de los Duendes.

Los Gilipollas creyeron que los beneficiados con la derrota de los Buenos y los Inteligentes serían ellos y se dedicaron con entusiasmo a eliminar cualquier vestigio de grandeza, bondad o belleza siguiendo las consignas de los Hijoputas.

Algunos de los duendes Gilipollas eran descendientes de Buenos y de Inteligentes y ahora se avergonzaban de sus orígenes. Eran los que más empeño ponían en hacer patente su gilipollez (a la que llamaban corrección política) y obedecían cualquier orden hijoputesca; desde tirar piedras a sus propios tejados, destruir las estatuas y profanar las tumbas de sus antepasados, aplaudir desde sus balcones a la hora que les ordenaban o ponerse de rodillas delante de otros Gilipollas para pedir perdón por supuestas ofensas.

Y es que todas las grandes obras que el talento y el trabajo de los Buenos y los Inteligentes habían creado a lo largo de los siglos fueron consideradas ofensivas por aquellos que, careciendo de talento e inteligencia, se habían limitado a disfrutar de esas creaciones.

Los grandes templos de mármol y los bellos palacios de piedra fueron demolidos para no ofender a los que habían sido incapaces de construir otra cosa que chozas de paja.

Los delicados instrumentos musicales que habían conmovido con sus sinfonías incluso a los elfos y las hadas fueron destruidos para no ofender a los que creían que la música consistía en aporrear toscos tambores.

Los artísticos cuadros que parecían brillar con luz propia y en los que estaban retratados con bellos colores los acontecimientos más sublimes, fueron proscritos y sustituidos por telas con manchas sin forma. Y algunos Gilipollas pagaban por ellas auténticas fortunas.

Las justas y los torneos en los que los jóvenes demostraban su valentía también fueron prohibidos por aquellos que habían convertido la cobardía en una virtud.

Y llegó un día en que hasta las bestias del bosque se horrorizaron al contemplar a las estúpidas criaturas surgidas de la mezcla aberrante y multicultural de Gilipollas con Hijoputas. Eran seres necios y crueles que asesinaban a sus propios hijos en el vientre de sus madres, dejaban morir a los ancianos en soledad y renegaban de su propia historia.

Cuando los Gilipollas, sumidos en la miseria y la degeneración, quisieron librarse de la tiranía de los Hijoputas, buscaron a algún duende bueno e inteligente para que los ayudase. Pero ya era demasiado tarde. La Bondad, la Belleza y la Inteligencia habían sido ilegalizadas por políticamente incorrectas y todos habían muerto o desaparecido.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

PD: Y ahora por fín, ya sabe quien es el gran Hijoputa.

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