José Antonio nuestro que estás en los cielos

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Necesitamos la vida entera para aprender a vivir, y también, cosa sorprendente, para aprender a morir

(Séneca)

José Antonio, como bien decíamos, por encima de nosotros, España y por encima de España, Dios. 

Querido amigo y camarada José Antonio, ahora que estás en los cielos:

Corría el 23F de este 2021 cuando nos dejaste tras una corta pero intensa enfermedad, con el valor y el estoicismo que te caracterizaba.

Te conocimos allá por el 2018 muy activo, bajo una actividad siempre febril en tu negocio, y viéndolas venir optastes por otros pagos de promisión.

Y con toda la razón.

Tras tu negocio capitalino en nuestra Patria, optaste, como un Caballero de la Cristiandad, por tierras musulmanas donde demostrar lo que un cristiano es capaz de hacer: triunfar.

Allí, de la nada, creaste nuevamente un negocio del que como en las películas, se encaprichó un acaudalado árabe, dándote la oportunidad, que aprovechaste, de colocárselo a un magnifico precio, para después recalar en la costa de esa misma nación musulmana, con todas las de la ley, y comenzar a diseñar tu futuro negocio.

Muchos fueron los ratos que pasamos charlando sobre ello, siempre animándote porque estábamos seguros de que allá donde ibas, triunfabas.

Desgraciadamente, la plandemia también  afectó a esos lares paralizándolo todo, hasta que con la sensatez que te caracterizaba, vista la atonía reinante y optastes por la repatriación.

Durante unos meses en que la enfermedad no se declaraba, sufrías por esta devastación patria, política, económica y social perfectamente vehiculizada por el coronatimo y diseñada por esa élite que llamamos Nuevo Orden Mundial.

Al final concluimos que España merecía la pena, pero no así el pueblo español, tan cretino, tan envidioso, tan mezquino, tan cobarde y que España seguiría estando aún cuando este sojuzgado pueblo ya no estuviera.

Siempre hacendoso y patriota, como un torrente sin descanso,  buscabas los medios con los que seguir triunfando.

Y no parabas hasta que en agosto del pasado año nos dices lo que hay: algo extraño y mortal con un escaso recorrido de cuatro, cinco o seis meses.

Y no te equivocaste.

Nuevamente, diste en la diana. Seis meses intensamente llenos del estoicismo propio de alguien con tu porte, protípicamente templario, con tu barba y tu pelo siempre perfectamente arreglados, amén de una espléndida forma física hasta los últimos meses en que la enfermedad hizo muescas indelebles e irrecuperables.

Hablamos mucho, tanto como para escribir un libro y fuiste ejemplo para nosotros hasta el final.

Nos enseñaste como hay que encarar la vida  pero también la muerte, de frente, con temple, sin artificios que prolonguen la agonía.

Siempre recordaremos esa maravillosa tarde en el hospital, en una de esas traicioneras recaídas, con ese pequeño homenaje al calor del buen vino y del mejor embutido, acompañados por algunos de tus mejores  amigos y camaradas.

También sabíamos que sería una de las poquísimas ocasiones en las que podríamos tenerte entre nosotros y eso nos procuró tristeza, y a algunos hasta llanto, pero por encima de nosotros España y por encima de España, Dios. Sí, ese Dios que te permitió mostrarnos el camino de cómo encarar lo inevitable, como una suerte de Séneca.

Fuiste ejemplo de gallardía, templanza, honestidad, honradez y generosidad para con los tuyos y para con el resto.

Jamás negaste ayuda a quien te la pidió.

En definitiva, fuiste ejemplo durante tu temporal estancia en este lugar, de coherencia y antetodo, decencia.

Tenías tanto caudal de todo ello, que lo desprendías a los demás, sin darte importancia, y nos reforzabas en nuestro recto camino.

También nos enseñaste que la muerte no es el final y en esa confianza sabemos que cuando ya no estemos aquí, nos reecontraremos contigo.

Has de saber que a algunos se nos quedó pendiente algo contigo, poca cosa, pero sí un algo que retomaremos cuando nos reunamos nuevamente.

Cuando supimos de un final tan repentino, rápido y abrupto, algunos no pudimos contener las lágrimas, pero también sabíamos que te fuiste como tú quisiste: sin prolongar más de lo necesario esta vida cuando ya deja de ser éso, aceptando el desenlace y en definitiva, aceptando que la misión finaliza al llegar a destino.

Afortunadamente, Dios te premió con una muerte digna.

Aunque el hueco que has dejado es sobresaliente, todo fluye y al final, será inevitablemente rellenado en tanto los acontecimientos se suceden y todo se superpone, pero los recuerdos llenos de esas vivencias son imborrables e imperecederos.

Tu familia, en definitiva tus más proximos por linea de sangre, están orgullosos de tí y nosotros, tus amigos y camaradas, ni que decir tiene que también.

Sin pretenderlo, o quizás sí, dejaste una indeleble huella “made in José Antonio”.

Ahora te toca esperar, pero llegará el momento de reunirnos contigo y con el Creador.

Al fin y al cabo, la gente como nosotros, con valores eternos irrenunciables como son el Supremo y nuestra Patria,  jugamos con la ventaja que nos confiere una superiordad moral indudable, hasta el punto de afrontar lo inevitable con la satisfacción de haber cumplido nuestra misión.

Ahora, amigo y camarada nuestro, tu fuerza y tu ejemplo permanece en nosotros.

Ayúdanos a que cada día estemos orgullosos de nuestra labor en nuestra misión.

José Antonio, eres ejemplo, como ese protohombre homónimo, de claridad de pensamiento, de valerosas decisiones y de entereza en la  aceptación de lo venidero con plena conciencia de no tener nada de lo que avergonzarte y todo de lo que enorgullecerte.

Sabemos que nos recibirás envuelto en esa bandera rojigualda con ese inmenso águila de San Juan con la que te fuiste.

Cuando nos reunamos, nos conducirás por la senda en la que viviremos eternamente.

José Antonio nuestro, que estás en los cielos, ahora ya eres eterno.